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miércoles, 23 de febrero de 2022

FEBRERO 22, 2022/TASCD: HECHOS 10





EL AYUNO DE DANIEL

Daniel fue un joven judío de una familia noble, quien fue deportado a Babilonia junto a otros jóvenes a quienes el rey Nabucodonosor los tomó como príncipes para que aprendieran el idioma, la literatura y las costumbres de los babilonios. Las fuertes convicciones de este joven y sus amigos y su gran fe en Dios los llevaron a rechazar la comida y el vino del rey. Él pidió, junto a tres de sus compañeros, una alimentación diferente, acorde con las reglas alimentarias que Dios había dado a su pueblo. Aún con esa alimentación basada en legumbres y agua ellos lucían más sanos que los otros jóvenes de las otras naciones. Daniel y sus compañeros no solo gozaban de salud, sino que eran muy sabios y tenían unos dones especiales que Dios les había dado.

A través de los años Daniel fue usado por Dios con los dones que le había otorgado en Babilonia, en especial el de interpretación de sueños, y esto hizo que su fama aumentara provocando el rechazo y la envidia de algunos. Daniel se mantuvo fiel a Dios y vivió grandes milagros de protección por parte de él. En el capítulo 3 de su libro, vemos cómo Dios los protegió a él y a sus amemos la mano de Dios protegiendo a sus tres amigos, librándolos de morir en el horno de fuego. Luego en el capítulo 6 leemos como Daniel es librado del foso de los leones, todo por haberse determinado a no contaminarse con la comida de Babilonia. Daniel temía a Dios, estudiaba su palabra y las profecías. En el capítulo 9 de Daniel se nos narra que él leyó la profecía de Jeremías que hablaba de los setenta años de desolación de Jerusalén.

Daniel leyó la profecía y respondió con oración y ayuno. Separó un día para estar en actitud de humillación total ante Dios. Durante ese ayuno confesó a Dios los pecados del pueblo de Israel y pidió misericordia (Daniel 9:3-5). En otra ocasión, Daniel estuvo tres semanas haciendo un ayuno parcial de algunos alimentos y durante ese tiempo tuvo una visión. En aquella ocasión yo, Daniel, pasé tres semanas como si estuviera de luto. En todo ese tiempo no comí nada especial, ni probé carne ni vino, ni usé ningún perfume. El día veinticuatro del mes primero, mientras me encontraba yo a la orilla del gran río Tigris, levanté los ojos y vi ante mí a un hombre vestido de lino, con un cinturón del oro más refinado. Su cuerpo brillaba como el topacio, y su rostro resplandecía como el relámpago; sus ojos eran dos antorchas encendidas, y sus brazos y piernas parecían de bronce bruñido; su voz resonaba como el eco de una multitud. Yo, Daniel, fui el único que tuvo esta visión. Los que estaban conmigo, aunque no vieron nada, se asustaron y corrieron a esconderse (Daniel 10:2-7).